lunes, 9 de abril de 2012

Las aventuras y desventuras de un españolito escéptico enseñando ciencia en el Medio Oeste americano.


Hoy leyendo en algunos blogs de ciencia he encontrado una entrada muy peculiar, y que me ha llamado mucho la atención. La entrada me parece muy buena pues una versión de una persona desde dentro, desde su punto de vista, en una civilización desarrollada como es Estados Unidos, y donde argumentos o creencias que creemos en una medida en verdad no lo son.


La entrada de enseñanza crítica ha sido realizada por Alex Onôv, pero la he resumido un poco, para que sea más concisa y llevadera, no obstante se puede ver la entrada completa en la siguiente página: http://lacienciaysusdemonios.com/2012/04/09/dinosaurios-en-el-oeste/#more-23891


¿Alguna vez, hablando de dinosaurios en el aula, han escuchado a algún estudiante decir que “no cree” en la existencia de los mismos?

Uno diría que va contra la mentalidad infantil negar la existencia de los seres más apasionantes que jamás caminaron sobre la Tierra. Si hay algo que fascina a los niños es saber que realmente existieron. Cierto, también les gustan los mundos fantásticos e imposibles pero, con un poco de suerte, su masa encefálica terminará por cuajar y todo eso se quedará en un gusto literario o evasivo. Lo que realmente atrae a los niños es que los monstruos con aspecto de dragón existieron alguna vez.

Excepto a Emily. Emily te dirá abiertamente que ella no cree en los dinosaurios. Niega su existencia. En cuanto hablamos de ellos, ella sonríe y niega con la cabeza. Dice que nadie los ha visto y que, por lo tanto, nadie puede probar que existieron. ¿Qué puede hacer que Emily esté tan convencida de eso? ¿Qué puedo hacer yo para persuadirle de lo contrario?

Pues bien, yo recibo esa clase de comentarios innúmeras veces cada trimestre. Pero no se engañen. No es que los chavales tengan algo en contra de tan entrañables reptiles. Tampoco tienen una opinión fundada acerca de sistemas de datación o de paleontología. Nada de eso. La realidad es que han sidoadoctrinados. Y es que yo vivo y trabajo enseñando Ciencias Naturales en un pequeño pueblo perdido en el medio de la nada, en el Estado de Nebraska, en plena hebilla del Bible Belt.


Supongo que sabrán que EE UU es un país en el que el 44% de los ciudadanos creen que Dios creó a los seres humanos en su forma actual hace menos de 10.000 años. O sea, que niegan la evolución como explicación de la biodiversidad en la Tierra. Pero lo que quizá no sepan es que la cosa no se limita a la evolución, sino que esta susceptibilidad hacia las explicaciones racionales se extiende a todo el pensamiento científico. En efecto, según un estudio de la American Sociological Review, tan sólo un 35% de los republicanos tiene confianza en la ciencia, así, en general. Y el término “republicano” en el Medio Oeste es prácticamente sinónimo de “todo el mundo”.


La niña de mi clase dice que no cree en los dinosaurios porque repite como un loro lo que ha oido en casa. Y sus padres se aferran a eso porque el mero hecho de proponer la existencia (hace 65 millones de años) de esos dinousaurios es, en sí mismo, un ataque a sus creencias creacionistas. Se trata, o bien de negar un pasado tan lejano (lo cual descuadra sus cábalas de interpretación literal de la Biblia), o de creer, como se propone en el Museo Creacionista en Kentucky, de decir que dinosaurios y hombres coexistieron hace poco más de 5.000 años. Y es que “los fósiles no vienen con certificado de antigüedad”, como se dice en ese museo. Qué casualidad. Cuando intento decirle a mi estudiante que las pruebas que demuestran la existencia pasada de los dinosaurios, ella me sale con que “los cientítificos intentan siempre demostrar que son muy listos. Ellos no estaban en el pasado, nadie puede demostrarlo”. Yo le contesté que si tengo las huellas dactilares del culpable en la escena de un asesinato, pero no estaba allí para verlo cuando ocurrió, ¿debo dejar escapar a la persona a quien corresponden esas huellas?. Para esa pregunta sus padres no la habían adoctrinado. Pero seguro que vuelve con alguna réplica extraña un día de estos. Más de una vez me han dicho que me enviarían a un sacerdote a hablar conmigo, como si mi herejía les provocase pena. “Bring it on”, les dije. Que conste que jamás he criticado su religión ni he negado la existencia de Dios en clase. Nunca haría algo así. Soy escéptico, oigan, qué le voy a hacer.


Sigo pensando que es importante ir introduciendo poco a poco, sin asustar a padres ni a la comunidad, un espíritu crítico y racional en estos chicos inmersos en una sociedad guiada por poco más que la fe y los bible studies. Si vieran ustedes las aberraciones comportamentales que se dan aquí, se quedarían patidifusos. Me quedo porque hay mucho trabajo que hacer y muchas cosas por cambiar. Es un trabajo en el que se avanza milímetro a milímetro, persona por persona, plantando semillas en esas mentes tan manipuladas, semillas que quizá germinen es una época más madura de sus vidas y que les proporcionará cierta libertad de pensamiento. Y esto sí es un reto que “me pone”.

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